Fuente imágen: http://www.fegaloita.es/loitatradicional/ 

En mi lugar de origen, la parroquia de San Pedro de Tenorio, Pontevedra (Galicia) existe una tradición probablemente milenaria de la que todavía quedan testigos vivos. Testigos que han podido describirla y gracias a los cuales se está recuperando.

Mi abuela es una de ellas, y me cuenta con una sonrisa en la cara lo bien que se lo pasaban en la «loita» (llamaban “loita”, lucha en gallego, a este deporte tradicional).

Lo curioso de esta tradición tan arraigada en mi familia y de la que eran grandes apasionados tanto mi abuela como mi abuelo, ya difunto, es que hombres y mujeres luchaban por igual y, además, en lugar de ser una costumbre arcaica o agresiva, era justo lo contrario, una manifestación de la buena vecindad, del sentido del humor, perspicacia y hasta de la picardía de los que la practicaban, pues era más importante la maña que la fuerza y muy habitual que las parejas formadas fuesen de mujeres que se lo ponían difícil a su contrincante masculino, pero también de hombres que soñaban con ese divertido momento en el que podrían «loitar» con esa chica por la que bebían los vientos. Así que era un momento de unión, de celebración, y hasta de cortejo.

Mi abuela me cuenta que ella era particularmente buena y le gustaba ganar incluso a los hombres más fuertes aplicando su inteligencia, y me cuenta también que mi difunto abuelo Eduardo era tan fanático, que ya habiéndose ido ambos a trabajar la ciudad, cuando llegaba la época de la siega en mayo -momento desde siempre asociado a este juego- dejaba todo lo que estuviese haciendo, y se iba desde Vigo a la parroquia de Tenorio para loitar con sus amigos, vecinos y hermanas.

No sería raro que esta tradición tan arraigada en mi familia, sobre la que escribieron Rosalía de Castro o Emilia Pardo Bazán, tenga sus orígenes o influencias en algunos de los pueblos con los que hubo intercambio comercial y cultural, pueblos que establecieron colonias en las costas gallegas allá por el Bronce Atlántico, y que no sólo han dejado su huella genética en nuestros antepasados más directos, si no también tradiciones familiares que llegan hasta nosotros. Y es que todos somos lo que somos porque otros fueron lo que fueron.Una investigación documental suele llevar aparejado el descubrimiento de elementos biográficos o culturales que completan el conocimiento de nuestra propia historia. A veces los documentos (certificados, genomas…) nos llevas a estos elementos, y otras veces son estos elementos los que nos dan claves acerca de dónde investigar. De una forma u otra, son información valiosa y patrimonio inmaterial.

Eduardo Montes

Jurista especialista en Mediación y Arbitraje por la Facultad de CC. Jurídicas y del Trabajo de la Universidad de Vigo.
Investigador privado especializado en Bases de Datos, Archivística y Paleografía.

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